nuestra-europa-nobleza-espiritu

Nobleza de espíritu

Rob Riemen

Valores universales

No puede haber civilización si la conciencia de que el ser humano tiene una doble naturaleza. Posee una dimensión física y terrenal, pero se distingue de los animales por atesorar a la vez una vertiente espiritual: conocer el mundo de las ideas. Es una criatura que sabe de la verdad, la bondad y la belleza, que sabe de la esencia de la libertad y la justicia, del amor y la misericordia. El fundamento de cualquier clase de civilización hay que buscarlo en la idea de que el ser humano no te de su dignidad y su verdadera identidad a lo que es-carne y hueso-sino lo que debe ser: el portador de dichas cualidades vitales eternas. Éstos valores se encarnan lo mejor de nuestra existencia: la imagen de la dignidad humana. “La gravedad material hace precioso al oro, y la moral a la persona, sentencia Baltasar Gracián en su magistral Oráculo manual y arte de la prudencia (1646)

Estos valores son universales porque se aplican a todos los hombres, es una temporales porque son de todos los tiempos. La cultura se define como el conocimiento y la organización de todas estas cualidades espirituales y materiales, reunidas en el patrimonio cultural. Sólo revisten calidad las obras a temporales, aquellas que nos siguen fascinando generación tras generación, puesto que son las únicas en expresar una realidad atemporal, una idea. Éste requisito de atemporalidad hace que toda cultura, todos los valores espirituales, se tornen vulnerables. La cultura de ser desinteresada y no utilitaria. Ahí está el secreto de su significado atemporal. Trátese de una catedral, un poema o una imagen, un relato un cuarteto para cuerda o una canción, ninguno de ellos puede tener función de utilidad por naturaleza. Todas estas obras nos cuentan algo a nosotros, no viceversa. Ante lo atemporal no cabe más que una sola actitud, receptiva, responsable y desinteresada. Sólo cuando escuchamos, miramos y es más que receptivos, nos hablan estas creaciones, aunque sea sin palabras, de su fundamento espiritual y el eterno misterio, en palabras de J.H. Leopold.